Prácticamente durante todo el año pero principalmente en vacaciones, las mamás solemos escuchar de nuestros hijos frases como: “¿Por qué a ellos sí y a mí no?”, “¡A todos mis amigos les dan permiso menos a mí!”, “¿Por qué son tan cuadrados?… ¡solo esta vez!”.
Hoy en día, vivimos en una época en la que se dice que somos los padres quienes obedecemos a nuestros hijos y no viceversa. Sin embargo, los hijos necesitan ser orientados, guiados y corregidos, y necesitan, ante todo, que nosotros sus padres ejerzamos nuestra autoridad con amor, sabiduría y firmeza, asegurando así, su bienestar y desarrollo integral.
Ante esto, ¿cómo ejercer esta autoridad sin vivir en un pleito continuo con ellos, sobre todo si son adolescentes? Y es que está comprobado que los temas de mayor discusión entre padres e hijos no son sobre los estudios, política o dinero, sino sobre los tan famosos y recurrentes permisos, que generan expresiones como las escritas antes.
En este sentido, los permisos no deben ser un medio de prohibición, sino uno para potenciar la libertad de los hijos. Deben estar orientados a desarrollar la autonomía, el autocontrol y la responsabilidad. De hecho la misma palabra “permiso”, hace referencia a “permitir”, es por ello, que lo que se necesita son principios que les ayuden a avanzar. Sin duda, no significan controlar, ni mucho menos soltar, pero sí guiar y formar.
Es por ello que no se trata de dar o no permisos por el hecho de ejercer la autoridad, sino para realmente ayudarlos a crecer y convertirse en adultos maduros. No olvidemos que en un futuro ellos tendrán que decidir por sí solos.
Es una pena observar a jóvenes que entran en la edad adulta, sin saber tomar decisiones por sí mismos ante la falta de herramientas: se dejan llevar por lo que los demás o las circunstancias dictan, o bien, esperan a que alguien más decida por ellos.